"No necesito hablar
ni mentir privilegios;
bien me conocen quienes
aquí me rodean,
bien saben mis congojas y mis flaquezas.
Eso es alcanzar
lo más alto,
lo que tal vez nos dará el cielo:
No admiraciones ni
victorias
sino sencillamente ser admitidos
como parte de una realidad
innegable,
como las piedras y los árboles.
(De "Llaneza", Jorge luis Borges)

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viernes, 18 de diciembre de 2009

Genealogía del amor


"Ella era amable y él la amó. Él no era amable y ella no le amó." (Tragedia popular citada por H. Heine)

Tanto se ha escrito sobre las razones y sinrazones del amor que ya es imposible ser original en este tema. Y no es que yo pretenda ser original, pero el asunto aparece demasiado gastado por todas sus aristas (está tan gastado que ya no tiene aristas). El lado romántico se refutó a sí mismo al no poder encontrar un final feliz que no se transforme en una deseperada lucha por el progreso económico, por alcanzar 'el country'. Su única alternativa digna era el fracaso. Y el fracaso por más noble que éste sea, no es algo agradable.

El lado de los que conocen el "precio de todo y el valor de nada" tampoco avanzó mucho. Para el cínico, el amor era una enfermedad, una maldición o un extravío. Enamorarse significaba perder lucidez, rebajar la inteligencia a niveles de asignarle todas las virtudes al objeto amado. En definitiva, el amor es, sobre todo, una sublime estupidez.

Terminemos (y nos estamos olvidando de algunos matices importantes) con el bloque de los utilitarios. Estos creyeron encontrar la respuesta en una tautología: "La razon del amor se sostiene en que es útil, pues sirve para que la gente se case (ésta era una forma elegante de decir se aparee) y la especie siga su camino incierto". Por supuesto, de ninguna manera se detuvieron a analizar el por qué, por ejemplo, un perro no necesita de amor para mantener a su especie. Pero esto los tenía sin cuidado. Además, una vez encontrada la proposición correcta era fácil adaptarla a los requerimientos de la realidad (por ejemplo; ¿quién dijo que los perros no se aman?).
Creo que quien estuvo más cerca de una respuesta fue La Rochefoucauld cuando dijo que muy poca gente se enamoraría si no hubiese oído hablar del amor. Se ama como se compra un LCD, un automóvil o un iphone; por imitación.

La mejor demostración de esta tesis se encuentra en como va cambiando el amor a lo largo de la historia y en como la mayoría de la gente se restringe a los aspectos externos del amor. Sufren de ilusión amorosa porque creen que es importante estar enamorado.

Pero como dije antes, esta idea es la que estuvo más cerca de una respuesta; pero todavía deja muchos cabos sueltos. El más importante desde mi punto de vista es que si en un país existe un millón de enamorados por imitación, debería existir uno al menos real (claro, siempre y cuando éste no sea un mentiroso que inventó la teoría del amor porque no tenía nada mejor que hacer con su vida). Lo que nos obligaría a plantearnos las causas del enamoramiento de este sujeto.

Como podemos ver las razones o sinrazones del amor no nos conducen a buen puerto. La mejor alternativa para analizar el amor parecería ser simplemente relajarse y sufrirlo cuando se sufre o disfrutarlo cuando se disfruta.

Terminemos con un buen pensamiento de Mariano José de Larra: “los sentimientos no se explican, se sienten”.


domingo, 13 de diciembre de 2009

Ménades y Vestales


Tocamos el timbre suavemente, como una sutileza. Y el ruido que se generó nos hizo comprender el temperamento histérico de ciertas mujeres que viven solas.

Abrió Carola. Nos hizo pasar, nos sirvió un café y se disculpó porque su hermana no estaba lista.

-"No tiene arreglo -dijo- podés decirle que vas a pasar a buscarla a las tres de la mañana para no tener que esperarla pero la vas a tener que esperar igual. Pareciera que lo hace a propósito."

"Sí, qué interesante" -la voz de Julián preludiaba algo raro ya que el comentario de Carola no merecía tanta atención. Quizás por eso ella se sorprendió.

"Pareciera que lo hace a propósito, -dijo Carola como buscando agregar algo- como si hubiera esperado que ustedes llegaran para empezar a arreglarse".

-"Como si buscara que la imaginásemos vistiéndose" -Completó Julián- "Muy amable de su parte".

-"Cómo es eso?"

-"Claro, -dijo Julián con calma- hay ciertos temperamentos femeninos que sólo viven para provocar reacciones en los hombres. Estas mujeres son incapaces de imaginar entre ambos otra relación que no implique una tensión de sexualidad, sea ésta de atracción o de rechazo. En este caso, Luisa provocó en mí una agradable sensación de atracción. ¿No sé en vos, Carlos?"

-"No había pensado en eso realmente, pero ahora que lo decís, creo que mis ojos experimentaron una grosera y poco educada inclinación hacia el cuarto de las chicas."

Todo esto dicho por mí de la manera más aparatosa y afectada de que soy capaz, para dar pie a Julián a continuar con su exposición.

Y ya el efecto se había logrado. Carola estaba inevitablemente interesada en el tema. Y del tema a Julián sólo había un paso.

-"¿Quieren decir que Luisa tarda por ustedes? -agregó nuestra carnada- ¿Para seducirlos?"

-"No lo dijimos nosotros, -aclaró Julián- lo dijiste vos: 'parece que lo hace a próposito'. Lo que yo sostengo es que si ella lo hiciera a propósito, podría decirse que pertenece al tipo de mujer que yo llamo Ménade."

La mirada de Carola se dirigió hacia mí como pidiendo algún tipo de aclaración. Y no era para menos, la palabra Ménade suena a insulto exótico, por eso me vi obligado a adoptar una actitud erudita y explicar:

-"Ménades, Carolita, no es ninguna mala palabra en algún idioma antiguo, ni tampoco significa nada malo para tu hermana. Las Ménades fueron simplemente las nodrizas de Dionisios, dios de la naturaleza, la uva, el vino y la embriaguez para los griegos. Y estas señoritas, todas de buena familia, rendían honor a su dios a través de fiestas que se llamaban bacanales."

-"Pequeño Larrouse Ilustrado." - agregó Julián como reprochándole su falta de lectura-

-"O Espasa y Calpe -le retrucó ella un poco ofendida- pero la explicación no me aclara tu delirio."

-"De eso no me cabe la menor duda, -contestó Julián- entre otras cosas porque la explicación fue de Carlos y no mía."

"Así como la palabra geometría en tiempos de los griegos significó una cosa distinta a lo que hoy, pero sin perder su esencia. Así, repito, la palabra Ménade tiene, en nuestro tiempo un significado muy específico que no responde estrictamente a su origen primitivo aunque sí le debe algo."

"Bien dijo Carlos que las Ménades fueron las nodrizas de Dionisios. También se denominó así a sus sacerdotizas. Ménades o Bacantes. Ellas eran mujeres que adoraban a un dios muy particular de una manera muy particular; las bacanales donde ellas desplegaban toda su locura divina llamada 'entusiasmo' eran verdaderas orgías donde no existía ni la inhibición ni los prejuicios".

"Todo en ellas era instinto puro y voluptuosidad. Ahora bien, de acuerdo a esta descripción podemos denominar Ménade a aquella mujer que hace de toda relación con los hombres un problema de seducción, que maneja sus recursos como un arma y que, lejos de guardarlos en un cajón de su cómoda, los despliega recreando un clima de voluptusidad. Estado que ella no sólo maneja, más bien domina."

-"En conclusión -dijo Carola con tono bélico- podemos decir que vos opinás que mi hermana es una atorranta".

-"La palabra atorranta, -continuó Julián sin inmutarse- que por lo que infiero de tus palabras, considerás sinonimo de Ménade, está cargado de connotaciones peyorativas, de ninguna manera es equivalente al mío que es absolutamente descriptivo. La antítesis del término atorranta es otro concepto peyorativo; 'Beata', que yo nunca utilizaría para conceptualizar lo que está enfrentado a las Ménades".

-"En cambio utilizás"- dije yo-...

-"El de 'Vestal' -siguió Julián encadenando mis intervenciones como quien utiliza a un actor secundario en el teatro, para llevar a buen puerto el monólogo principal- que es mucho más adecuado. Tomados en abstracto ambos términos significan dos actitudes femeninas bien determinadas, pero si los aplicamos vemos que toda mujer tiene en su interior a una Ménade y a una Vestal en pugna."

- "El instinto y la cultura..."

-"Si querés ponerlo en términos de filosofía alemana, Carlos, puede ser. La mujer Ménade es aquella en la cual su instinto ha sometido a sus propias pautas culturales. La Vestal, en cambio, es la que considera a sus normas de comportamiento adquiridas por sobre sus inclinaciones naturales. Todo esto es eminentemente descriptivo, y desde ya carente de todo juicio de valor."

Como se llega a una discusión de este tipo es algo que sólo se puede explicar conociéndolo a Julián. Carola estaba absorta, entre admirada y espantada, pero sin dudas, absolutamente seducida por este personaje.

Yo estaba fascinado, peor todo este juego de luces sería interrumpido por la entrada de la cuarta en disputa:

Luisa.

Debería aquí hacer un breve paréntesis disgresivo para realizar una descripción del nuevo personaje. Como nunca he podido evadirme de mis deberes, allí va:
Entró en la habitación desde el cuarto. Pero no entró del todo; se apoyó en el pórtico que separaba el living del pasillo, nos miró, se sonrió y nos dijo: "Bien, aquí estoy".

Dios, necesito ayuda para describir lo indescriptible, musas de la belleza necesito una nueva dotación de adjetivos para pintar de manera adecuada el apoteosis, para que la gente comprenda porque en aquel momento (así como ahora al recordarlo) me faltó el aliento.

-"Afuera hace frío"- atiné a decir.

Y no era para menos. Lo primero que había asomado ante mis ojos fueron sus hombros desnudos. A decir verdad, todo su tronco estaba desnudo si obviamos (!!!) una especie de top que la cubría precaria pero suficientemente (más tarde averigüé que se trataba de un pañuelo de seda), unos jeans muy ajustados, un cinturón anchísimo y un par de botas tejanas completaban su uniforme.

-"Ya sé"- contestó a mi cuerpo abandonado por mi alma-"llevo mi tapado"- y señaló un perchero tipo vienés que estaba en la entrada y sostenía un sobretodo negro muy bonito, inclusive para mí-.

"Qué lástima"-le contesté con cara de baboso.

Bien, mejor reaccionemos y volvamos a la descripción de Lois, como a ella le gustaba que la llamaran. Ella era ese tipo de mujer que (como ya se habán dado cuenta), impacta de entrada; y que (como todavía no saben) después sigue impactando.
Sus ojos negros, oscurísimos como su tez y su pelo, este último bastante
largo; y su figura absolutamente incriticable, a no ser que se quiera correr el riesgo de que lo tomen por malintencionado, ciego o enamorado, que en el caso de tratarse de alguien que reproche el físico de Luisa viene a ser lo mismo.
Esta trilogía formaba un armonía lírica ideal, la cual se completaba con una sonrisa y una mirada perfectamente estudiadas.


***

De resultas que surgió una segunda pelirroja en nuestra historia. Una segunda peligrosa.

Ella no se reconocía como tal (probablemente era una estrategia para lograr que el prójimo la subestimara y entonces garantizarse la victoria). Pero era pelirroja (peligrosa) a no dudarlo.

Creo que fue Mark Twain quien dijo que cuando las peligrosas son de cierta alcurnia, tienen el pelo castaño claro. Ella lo tenía, en todo caso, castaño oscuro; pero era pelirroja sin posibilidad de redención.

Era algo así como el pelo de la Ava Gardner de Vargas (quien me diga que Ava Gardner tiene el pelo castaño oscuro no vio la acuarela de Vargas). Era un Tiziano perfecto. Un colorado tan lindo cayendo en bucles como marco para unos hojitos celestes tan claros que parecían dos bolitas de cristal transparentes.

Y para completar el cuadro de seducción, para hacerlo totalmente irresistible; era inteligente, era inocente y era buena.

Porque hasta las pelirrojas pueden ser buenas aunque no dejen por eso de ser peligrosas...

viernes, 11 de diciembre de 2009

La tragedia disfrazada.

"La amistad más profunda y exquisita se siente herida a
menudo por el pliegue de un pétalo de rosa". Ducis


"Tengo edad suficiente como para ser padre doce veces, he desperdiciado tantos años de mi vida que puedo considerarme una persona con experiencia. Me he equivocado tanto y me han hecho sufrir el rídiculo tantas veces que me he hecho insensible a todo aquello que venga rotulado como 'espiritual'; es más, creo tan poco en las llamadas virtudes humanas como en las buenas intensiones de mis amigos cuando me aconsejan 'por mi bien' ".

"No puedo leer un texto sentimental, el Werther, por ejemplo, sin que me arranque los más amargos sarcasmos. En definitiva, mi sentido del humor es tan destructivo que creo que el día que decida suicidarme me bastará con ejercitarlo frente al espejo. Forma limpia y elegante de morir; riendo ante la propia miseria."

Éste es un pequeño compedio antológico tomado de manera aleatoria del monólogo que desplegó Julián en el período que se sucedió desde que bajó del avión hasta que terminamos de almorzar.

Yo lo escuchaba atentamente y guardaba sus palabras en mi memoria pero para pensarlas más tarde. No se por qué durante todo ese tiempo no pude dejar de pensar en una frase que se me ocurrió ni bien lo ví entrar al salon del aeropuerto. Un pensamiento sobre lo arbitrario de los juicios acerca de lo bueno y lo malo. Una idea triste...

Pensaba (pensé en aquel momento y lo sigo pensando hoy) que la amistad es una tragedia disfrazada de gran beneficio. Cuando uno obtiene un amigo de verdad (y es cierto que esto es harto díficil) se hecha sobre sus espaldas una carga tan díficil de mantener como esos elefantes blancos que el rey de Siam regalaba a sus súbditos demasiado poderosos para obligarlos a abandonar el país.

Por supuesto que el lector sabe de que estoy hablando, pero voy a aclaralo con una disgresión por si acaso algun temerario se ha acercado a este libro e intenta comprenderlo.

En el antiguo reino de Siam (no pienso ubicarlo geográficamente porque creo que sería una falta de respeto incluso para quienes no son mis lectores), su monarca acostumbraba regalar a aquellos súbditos que habían adquirido un poder peligrosamente grande un elefante blanco. Este presente tirio de parte del rey siamés escondía la secreta intensión de deshacerse del súbdito indeseable. El regalo era tan caro de mantener que nadie podía costearlo sin perder sumas significativas que lo arrastraban más tarde o más temprano al ostrasismo o a la ruina. Era un regalo al cual se había hecho acreedor por sus buenos servicios, se lo llamaba regalo, nadie podía decir que no lo deseara, pero tenerlo acarreaba grandes males.

Con la amistad pasa lo mismo.

Nos ganamos un verdadero amigo después de grandes esfuerzos. Quizás pruebas de lealtad, o arriesgando nuestra fortuna. También puede haberse forjado la amistad a partir de algún momento peligroso en el que dos almas se encontraron sin escudo y por esas casualidades fatídicas ninguna de las dos quiso herir a la otra. Esto generó una confianza, un capital que ambas partes sobrevaloraron y se dieron a incrementar. Pero el costo de mantenimiento de este capital (a veces se me escapa la formación de economista) es tan alto que no nos permite disfrutar de él. Terminamos dejando de ser nosotros para poder conservar el elefante blanco que se nos ha ofrecido. Deseamos tanto no herir a ese projimo que nos autoflajelamos. Y además de eso sufrimos por su sufrimiento.

Si los dos se quieren verdaderamente, ambos sufren. Si es verdad lo que dice el precepto, que entre dos amigos sólo uno de ellos es amigo del otro; entonces uno, al menos, será afortunado.
He sufrido la amistad verdadera y puedo decir que es algo tan doloroso como el amor verdadero. Y pesar de los pesares, y áas allá de las heridas; sigo sin poder presindir ni de uno ni de otro. Sigo precipitandome sobre ellos con la vocación de un suicida. Buscando en el mal mi bien. Y dejando de lado toda consideración psicológica y lógica, creo que estos dolores deseables han sido los que han dado sentido a mi vida.

La amistad y el amor son tragedias disfrazadas. Pero la vida también lo es. Nunca será esteril prestar atención a quién argumente sobre los dolores de la vida y la paz de la muerte. Pero quién eligiere vivir, nunca podrá hacerlo sin arrojarse al peligro supremo del amor. Arbitrario, tonto y, seguramente inutil. Pero deseable.